Hoy he estado leyendo unos artículos de Paul Jepson, Kathy MacKinnon, Tony Whitten, Margaret Kinnaird y otros, acerca de la deforestación en Indonesia, donde, a pesar de 30 años de lucha de los biólogos de la conservación, la destrucción de las hace no mucho tiempo casi pristinas selvas ha sido inevitable. El sistema, siempre el sistema, que impide la acción de conservación en contra de los gobiernos corruptos, como el anterior de Suharto, que desembocan en mafias que aún hoy continúan, en cuya cabeza están algunos de los senadores del país... nada nuevo bajo el sol, aunque en el Asia Indopacífica sea más evidente y dramático que, porejemplo, en África (¿será porque en África no hay mucho que explotar?).
Las grandes ONGs, auspiciadas, por ejemplo, por el Banco Mundial, son incapaces de parar la deforestación. Whitten, Holmes y MacKinnon se preguntan para qué sirve la Biología de la Conservación. Si no pasa de ser una disciplina académica. Sin embargo, el propio Banco Mundial, para el que trabajan, podría imponer sanciones importantes a Indonesia en este caso, sin que afectara a la gente de abajo, claro, que lo único que hace es sobrevivir como puede. Los campesinos locales ya están sancionados de por vida, pero no son ellos los que aclaran el bosque, sino las mafias de la madera. Madera que, después, ponen en el mercado. Ilegalmente, si, pero cuya ilegalidad desaparece fácilmente en el entramado mundial, hasta llegar a ser parte de las mesas de algunos occidentales a los que nos gustan las maderas nobles y las cosas étnicas... ¿realmente es culpa de la biología de la conservación? ¿Tan difícil es ver que es el dinero, y no alimentar a la gente, el motor de la imposibilidad de conservar lo poco que va quedando? No se trata de tirar piedras contra las pequeñas iniciativas de grupos tan poderosos; se trata de no volvernos locos mirando las apariencias, sinobuscar las verdaderas causas, y atajarlas.
Y buscar estas causas no debe ser porque sí, sino que también hemos de valorar las consecuencias reales de lo que hacemos. Se tacha al mundo occidental de insolidario, al buscar en el tercer mundo la conservación que ya no puede, o no quiere, en el primero. Y seguro que con bastante razón en lo que se refiere a algunos grupos empresariales o sectores políticos, que usan la etiqueta de verde para limpiar la imagen de sus negocios, sin cambiar realmente sus políticas o tecnologías. Sin embargo, el mensaje que no llega es que, muchas veces, no estamos hablando de conservar al mono blanco de cola escalonada, o, aún peor, a la araña silbadora de abdómen amarillo limón (conservar una araña, qué horror, ¿no?), todos hijos de dios, pero, por así decirlo, "prescindibles". O "daños colaterales", si se me permite la analogía. Se habla de la supervivencia de los Indonesios, en particular, y de la humanidad, en general.
Las consecuencias de la deforestación van mucho más allá de la pérdida de especies. Significan cambios ambientales muy importantes, mucho más de los mensajes que llegan de los medios de comunicación. Estos, junto con los políticos y los "paneles de expertos" llenos de viejas glorias de la sociología, la economía, las ciencias políticas y, con suerte, algún ingeniero forestal o similar, se preguntan dónde están las catástrofes anunciadas por los ecologistas en los 70... no se ha hecho nada para cambiar la tendencia, pero tampoco se ven los efectos de no hacer nada. Hay menos bosques, sí, pero ¿a quién le importa realmente, si en realidad son sólo unos árboles menos? Como dice Lomborg, realmente no tenemos pruebas de una crisis grave, sólo de algunas pérdidas locales y, quizás,prescindibles, en aras del progreso y el desarrollo económico.
Poco les importará ahora que las aguas del Golfo de México hayan subido casi 2 grados de temperatura media, o que en los años de la administración Bush se hayan sacrificado grandes extensiones de pantanos costeros, dedicadas ahora a la construcción. Poco importará ahora que ese aumento de temperatura esté probablemente detrás de la anormalmente elevada cantidad de tifones y huracanes que sufre esa área del planeta desde hace unos años, o que, como dice Michael Parenti, los pantanos que servían como absorbente y barrera naturales entre Nueva Orleáns y las tormentas que llegan desde mar adentro han estado desapareciendo a un ritmo espantoso de la costa del golfo desde hace ya algunos años. Claro, que Nueva Orleans estába llena de negros indigentes que vivían en malas condiciones, que no tienen grandes razones para quejarse porque su situación no ha cambiado con Katrina (cito casi textualmente a Barbara Bush, esposa del expresidente Bush y madre del actual presidente Bush Jr.). Repoblar norteamérica con elefantes, cebras y leones, como dicen Donlan, Martin, Soulé y otros popes no soluciona este tipo de desajustes. No podemos reparar todo lo que destrozamos.
Hay muchas maneras de luchar, locales y globales, en ONGs o con el apoyo de empresas, bancos nacionales y mundiales, pero no debemos olvidar cuál es la verdadera fuente de nuestros problemas. Vivimos en un sistema enloquecido, que no da valor ni a hombres ni a bestias ni a la casa que, nos guste o no, compartimos. Sólo cuenta el dinero, y, quizás, sólo quizás, la gente que lo tiene. Ellos quizás consigan continuar con su gran nivel de vida, independientemente de lo que pase, pero la gente no. Ni siquiera en Europa. Ni siquiera en nuestras casas. Está claro que el fin del capitalismo como lo conocemos se acerca. No nos pongamos nerviosos, ni lo veamos como una gran catástrofe. Es una gran oportunidad. Una oportunidad de cambiar nuestro sistema de valores para otro más justo para todos, y más adecuado a la casa en la que vivimos. Y aquí si que se encuentran Economía y Ecología... las dos ciencias estudian la casa (creo que vienen de Ekos, en griego), y son las dos que, juntas, deben ayudarnos a gestionarla.
Parafraseando al Rober, "lo he soltao porque me ha salido de los cojones".